Chico viajando solo

No digo que sea la mejor o la peor, porque viajar en pareja o con un grupo de amigos tiene también cosas maravillosas, pero no hay un mejor modo de conocer lugares nuevos al tiempo que uno se va conociendo a sí mismo.

La gran mayoría de la gente se muestra muy reacia a lanzarse a hacer un viaje en solitario. Viajar solo supone salir de una zona de confort muy establecida, en la que todo lo que nos rodea es conocido y en la que no debemos hacer ningún esfuerzo para sentirnos cómodos. Nuestro estilo de vida, en general, suele llevarnos cada vez más hacia ese lado de extrema comodidad en la que todo lo que nos rodea nos ayuda en ese fin: comprar por internet, encargar la comida a domicilio, búsquedas de información instantáneas…

Salir de nuestra zona de confort no es una tarea sencilla; es necesario armarse de una buena dosis de valentía y de ilusión para lanzarse a dar un paso tan grande. Y cuanto más distinta sea la cultura del país al que vayamos, más grande será el paso. Sin embargo - esto se lo aseguro siempre a cualquiera - la recompensa es mucho más grande de lo que jamás hayamos podido esperar.

Salir de la zona de confort supone aprender con cada pequeño detalle. Supone aprender a valorar pequeñas cosas que creíamos olvidadas o a las que no prestábamos atención: descubrir que sabemos muchas más palabras en inglés suele ser la más común. También solemos descubrir que somos más sociales de lo que pensamos, que con gestos podemos conseguir cualquier cosa y que la vergüenza no es más que un minúsculo obstáculo.

Fuera de nuestra comodidad, la sonrisa de un extraño a la hora de buscar una dirección o un lugar concreto puede mejorar cualquier situación. Cualquier ayuda supone un soplo de aire fresco. Nos hace más humildes, nos recuerda cosas que estaban olvidadas.

Viajar solo me cambió la vida.

Para mí todo empezó con un viaje a Sevilla. Unos vuelos extremadamente baratos tuvieron la culpa. En cuanto los encontré, pregunté a todos mis amigos en busca de un compañero de viaje.

Bueno, la búsqueda resultó ser un fiasco terrible. Tuve entonces que decidir entre dejarlos pasar o comprarlos e irme solo. Sigo sin saber muy bien por qué me decidí a comprarlos, pero me alegro mucho de haberlo hecho. Es posible que el hecho de ser un viaje nacional, donde el idioma no suponía un problema, tuviese algo que ver.

No os aburriré con los detalles. No fue la ciudad, fue el hostal dónde me alojé durante la semana que pasé allí. Era un sitio muy barato que apenas costaba 10 euros la noche, regentado por tres chicos ingleses. Su español era bastante justo, pero suficiente para las gestiones básicas. El hecho de que los tres fuesen ingleses atraía a turistas extranjeros por la afinidad con el idioma.

En mi primera noche en el hostal descubrí que era el único español en aquel sitio. Éste no sería más que un detalle irrelevante de haber ido con algún amigo, porque hubiera tenido a alguien con quién hablar de forma cómoda sin fijarme demasiado en los demás. En cambio, al estar solo, iba a tener que forzarme a intentar hablar en inglés si quería mantener una conversación.

Pasaba el día entero de turismo por la ciudad, y una vez de vuelta al hostal, subía a la azotea. Allí había un pequeño bar bajo las estrellas, desde dónde se podía ver la Giralda en todo su esplendor, brillando en la noche. Allí se reunían todos los huéspedes para tomar un cóctel, charlar o comer algo especial que preparaban los chicos del hostal.

En algún momento me descubrí hablando, en un inglés casi primitivo aunque mucho mejor del que esperaba, con muchas de las personas que allí se encontraban. Era interesante conocer sus historias. Podía entender todo lo que me contaban, aunque luego sudase para poder expresarme. Allí estaba yo, un chico que apenas había salido de su pueblo, bebiendo, hablando y pasando un buen rato con gente de Alaska, Minnesota, Suiza, Grecia y muchos más lugares alrededor del mundo.



A lo largo de la semana me fui sintiendo más cómodo. Compartí algún día de turismo con mis improvisados compañeros de hostal e incluso enseñé a unos chicos polacos a jugar al ajedrez.

Al volver a casa algo había cambiado. Tenía curiosidad por descubrir más lugares, por viajar y ver las cosas que todas aquellas personas me habían contado que eran maravillosas. Quería estudiar inglés porque había visto que no era tan complicado y la recompensa era infinita. Volví lleno de ilusión. Seguía siendo tímido, pero sabía que podía pasar por encima de ello.

Un año después volaba por primera vez para trabajar en el extranjero.

Ahora, cinco años más tarde de aquel primer viaje en solitario, he vivido y trabajado en cuatro países distintos. La llama de la ilusión que se encendió en aquel hostal sigue más viva que nunca.

Viajar en solitario es algo que todos debemos intentar, al menos, una vez en la vida. A algunos no les gustará y no repetirán; otros encontrarán en ello una aventura maravillosa y muy, muy gratificante. 


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Óscar

I truly believe that this world is way to big to spend my life stuck in one place.

Oct 11, 2018


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