Redescubriendo Bogotá: mi primera experiencia de voluntariado

Luego de mi primer viaje a Bogotá desarrollé cierta apatía. En esta oportunidad volví para reconciliarme con la ciudad haciendo voluntariado.

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Dollyann

Mar 30, 2020

6min

voluntariado worldpackers bogotá

Vino a mi mente una expresión urbana americana muy conocida que dice “Ve Despacio y Detente a Oler Las Rosas”. Es una frase que te invita a la acción. Algo tan simple como detenerte, mirar tu entorno y analizar si vale la pena andar de prisa por la vida. Fue precisamente lo que sucedió con mi manera de viajar. 

Mucho antes de emprender mi año sabático, solía viajar una vez al año por dos semanas. Esos días de vacaciones (otorgados en mi trabajo) se esfumaban rápidamente con excursiones y paseos programados.

Aunque sí disfrutaba de cada país o ciudad, no aprovechaba su verdadera esencia. Y esta esencia solo la consigues cuando te sumerges profundamente en su entorno. En su diario vivir. Tal cual si fueras uno más. Sin medir los tiempos. Saber llegar y no tener idea de cuándo te vas.

Luego de un intento fallido por comenzar mi año sabático en enero del 2018, retomé mi travesía nueve meses después en noviembre del mismo año. Para entonces, estimaba que mi viaje duraría de seis meses a un año. Planifiqué cada ruta con mucho esmero y viví cada experiencia que me regalaba camino. Y todo bien.

Sin embargo, ir de bus en bus, de ciudad en ciudad y de hostal en hostal hizo que mi aventura pasara de ser emocionante a convertirse en una tortura. A las dos semanas de viaje, el desgaste pasó de ser físico a emocional. Cierto que tenía momentos donde la pasaba genial como otros donde sólo quería llorar del cansancio.

Voluntariado o Intercambio de Trabajo



Como por arte de magia, apareció ante mis ojos una posibilidad para bajar revoluciones y disfrutar al máximo todo lo que se viene en una travesía como mochilera. Fue en diciembre 2018, durante mi estancia en Córdoba, Argentina, donde conocí una palabra que lo cambiaría todo: Voluntariados.

Venía contemplando esta opción desde mucho antes de agarrar la mochila y emprender rumbo. Conocía de algunos programas donde pagas por cierta cantidad de tiempo para ser voluntaria. En algunos casos, una membresía anual

Por pereza (también por no querer gastar dinero), decidí no indagar más. También una parte de mi no estaba realmente convencida del todo. Estaba hambrienta por ver más y más. Tantas ciudades, países y sellos en el pasaporte esperaban por mí.

El momento decisivo fue a pocos días de mi llegada a Baños, Ecuador. Luego de una larga plática con el dueño del hostal donde me alojaba, le comentaba sobre la posibilidad de cambiar mi profesión. Ya quería comenzar a trabajar en cosas que me apasionaran. Y comencé a desarrollar interés por la hostelería.

Sabía que era una movida bastante radical; algo por lo cual vale la pena apostar. Sin embargo, para llegar hasta la meta, toca buscar las experiencias. Como único sabes si vale la pena o no es tirándote de lleno y con todo. El que busca, encuentra.

Y así fue como una mañana me convertí en miembro verificado de Worldpackers. Solicité mi primer voluntariado en Bogotá y, en cuestión de poco tiempo, me aceptaron en Hostal R10.

¿Qué le veía de especial en Bogotá? 



¿Qué le veía de especial a esta ciudad tan grande y caótica?

Primero, quería mejorar mi percepción de la ciudad, como viajera. Luego de mi primer viaje en septiembre del 2013 había desarrollado cierta apatía a la ciudad por eventos desafortunados que ocurrieron, al punto de restarle importancia. 

Volver en plan de voluntariado era la manera perfecta para pausar y disfrutarla con más calma. Reconciliarme con ella por darle tan poco tiempo y, de paso, hacer las paces.

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Segundo, al estar Bogotá entre las ciudades más caras en Colombia, ir sólo por voluntariado representó la oportunidad de ahorrar dinero en plena travesía. 

Poder reducir mis gastos solamente para lo necesario: comida, lavandería una vez a la semana, uso del transporte público, entretenimiento y complacerme con algún antojito. 


Ajiaco Santaferreño, Colombia

Es un alivio encontrar restaurantes donde puedes disfrutar un almuerzo completo por menos de $10,000 COP o comer un poco de chicharrón con arepa y maduros por $3,000 COP los domingos por la Carrera Séptima.

Y tercero, conocer cada rincón de Bogotá como si fuera un local. Cuando se trabaja en un hostal, siempre toca estar listo para ofrecer recomendaciones o direcciones de donde queda X o Y lugar. 

Tan solo imagina que viene un amigo a visitarte y no sepas decirle qué es lo más importante a conocer de tu ciudad. ¿Qué impresión se llevaría ese amigo? ¿Qué impresión te llevas tú? Por tal razón, es sumamente importante conocer el que será tu vecindario y todo lo que tiene para ofrecerte a ti y a quienes están de visita.

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Mi rutina en el voluntariado

En ese mes que estuve de voluntaria en Hostal R10, trabajé el horario nocturno de la recepción y brindé asistencia en la preparación de los desayunos. 

Mis turnos consistían entre 6 a 8 horas de trabajo en la recepción o 3 horas en la cocina (según designen en el horario de la semana), para un total de 30 horas. Además del alojamiento, cada voluntario cuenta con su desayuno diario y dos días de descanso.

Durante los primeros días, se me encargó la tarea de conocer el barrio de La Candelaria (donde está ubicado el hostal) y los sitios turísticos más recomendados. 

Este barrio cuenta con una escena cultural que debes aprovechar: museos, teatros y mucho arte urbano. 

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barrio Candelaria, Bogotá

Luego, colaboré con el chef en la confección de los desayunos, además de asegurar completa disponibilidad de las bebidas calientes (café y agua para el té) y utensilios. 

Finalmente, recibí una capacitación formal para manejar la recepción, recibir a los huéspedes y atender con eficacia cada pedido. Ya luego que tienes todas las herramientas a la mano, se trata de dar tu mejor esfuerzo con mucho amor, cariño y una sonrisa.

Trabajando y disfrutando

Bien sabemos que no todo en esta vida es trabajo, por lo que siempre es importante sacar provecho de tus días de descanso. En mi caso, opté por descubrir lugares interesantes que no pude ver en mi primera visita. Entre estos, puedo mencionar el Museo Nacional (ingreso gratuito los miércoles en la tarde y domingos todo el día) y el Museo de Arte Moderno de Bogotá. 

También hice el recorrido a pie hasta el Cerro de Monserrate, disfruté otra vista panorámica desde la Torre Colpatria, exploré sabores nuevos en el Mercado de Paloquemao y disfrutar el oasis de paz que ofrece el parque Simón Bolívar.


recorrido a pie al Cerro Monserrate

¡Y deja que descubras cuántos lugares increíbles hay a las afueras de la ciudad! En este viaje, pude conocer la Laguna de Guatavita y la mina de sal de Nemocón.

Atesoro muchos recuerdos de estos dos viajes por la belleza y misterio que esconde cada lugar, y son destinos que recomendaría a quienes buscan conocer algo distinto.

Parte de ver la ciudad con otros ojos, es aprovechar el transporte público. A principio le tuve cierto respeto al Transmilenio en lo que se refiere al abordaje (en ocasiones algo brusco por el ritmo de vida agitado que se vive) y familiarizarme con las rutas. 

Ya luego de un tiempo, te comienzas a mover por la ciudad como un bogotano o bogotana más. A varias cuadras del hostal, hay dos estaciones donde puedes comprar tu pase (cuesta alrededor de $5,000 COP), recargarlo (cada viaje cuesta alrededor de $2,500 COP) y llegar a donde necesites. Las distancias en una ciudad como Bogotá son bastante largas, por lo que el Transmilenio es una opción (aparte del taxi o Uber).

¿Mejoró mi experiencia de Bogotá luego de este viaje? 



Muchísimo. Me dejó regalos para toda la vida. Fue durante mi voluntariado donde ratifiqué mi verdadera pasión por el servicio al cliente. 

El aprendizaje constante me ayudó a desarrollar confianza en mí misma. Mis anfitriones, Juan y Alejo, siempre estuvieron dispuestos a colaborar y aclarar cualquier duda. Conté con un equipo de compañeros que hizo de mi estadía una muy positiva y divertida. 

Y, sobre todo, recibí un abrazo más cálido de una ciudad que me hizo sentir como si estuviese en casa. Fue en Bogotá donde, finalmente, supe detenerme y disfrutar mis rosas.



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