Cómo fue mi voluntariado con los niños en Cambodia

Cuando emprendes una aventura en un sitio nuevo al que nunca has estado, son varios los pensamientos que te inundan la cabeza: ¿Qué me encontraré? ¿Lo voy a hacer bien? ¿Me va a gustar? Una de las aventuras que empecé con Worldpackers fue no hace mucho en Cambodia, concretamente en Siam Reap.


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Júlia

This is Giulia, an English pre-primary teacher and an educational psychologist specialized in Ear...

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Sep 10, 2018

Los niños en Cambodia

Allí tuve la suerte de conocer unos muchachos y muchachas fuertes, vivarachos, con una valentía que nunca antes había visto. Los veía empoderados, resilientes. Al conocerlos, me sentía incomoda. ¿Cómo había sido capaz de quejarme continuamente de mi vida, mi ciudad o incluso mi gente?

Al conocer a Hong, la dueña del centro, me enseñó los espacios del orfanato e hizo que me sintiera como en casa.

El día a día era bastante tranquilo y rutinario. Nos levantábamos cada mañana y nos encontrábamos un delicioso desayuno (¡y los domingos había tortitas! Mmm).

Después dábamos clases de inglés a los niños y niñas. Cada día de un tema distinto: gramática, vocabulario, conversación e incluso escucha. Al acabar, dábamos de comer a los animales y pasábamos un rato con ellos: gallinas, cerdos, vacas y cabras.

Por la tarde, aprovechábamos para jugar todos juntos o ensayar bailes típicos camboyanos. Aprendí algunos pasos y… ¡son bastante difíciles!

Los niños también me enseñaban su lengua materna y a mí me encantaban esos ratos que podía disfrutar de ellos mientras se sentían orgullosos de poderme ayudar al igual que yo lo hacía con ellos.

Cada comida tenía un valor de 3 dólares así que eran 9 dólares por día. Además, de ir comprando agua para hidratarse. Hong también te sugería la idea de donar algo de dinero para que así se invirtiera en comida.



Poco a poco, fui haciendo mejor las rutinas marcadas por los niños. Siendo maestra, las clases era lo que menos me preocupaba. Lo que sí que me aterrorizaba y que tiempo más tardé ya empecé a disfrutar era el hecho de sacar a pasturar las cabras.

Yo siempre he sido una chica de ciudad que solo ha visto, prácticamente, los animales en televisión.

Así que me dije “¿Has venido hasta aquí para ponerte tú misma los límites? No seré yo la que me paré ahora”. Una vez mentalizada, saqué las pequeñas cabras, dos de ellas con pocos días, y emprendí la desconocida descubierta de Júlia como pastora de cabras.

Todo era muy bonito hasta que una de ellas se descarriló y entró en una casa ajena para comerse su fruta. Ahí es cuando me di cuenta de que verdaderamente necesitaba un poco de instrucción.

Los niños y niñas me ayudaron un montón y, aunque se reían de mí porque no concebían la idea de que no supiera domar las cabras, me fueron enseñando pequeñas estrategias.

Para agradecer lo bien que se portaron con los voluntarios y conmigo, les invitamos a una cena que degustaron como si fuera la última. ¡Se comían los platos con los ojos!

Llegó el día del adiós y con él muchas lágrimas y abrazos. Realmente son unos chicos y chicas espabilados y con ansias de comerse el mundo. No tengo ninguna duda de que lo harán.

Solo espero que hasta que no llegue el momento de emprender el vuelo, sean pacientes y puedan aprender al máximo posible de unos cooperantes que amen la labor tanto como a ellos. Se lo merecen, esto y más.



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Júlia

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Sep 10, 2018


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