Worldpackers florianopolis

El escenario cambiaba siempre, pero yo me mantenía en la misma posición, sosteniendo un vaso de cerveza, una copa de vino o una taza de café mientras conversaba con mis amigos sobre el ascenso que habían conseguido en su nuevo empleo, la alimentación de su hijo o el color del vestido que llevarían las madrinas el día de su boda.

Seguía bebiendo, pensando en cómo una mujer de 26 años, formada y con experiencia, no tenía un empleo fijo, casa propia o novio y guardaba en el cajón de su mesilla de noche una caja de ansiolíticos y también escondía toda su vulnerabilidad.

Siempre he creído que la vida es como el juego de unir puntos: después de unir todos los números o letras, desvelas el misterio de la vida (quiero decir, del juego), pero hasta ese momento no lo había aplicado a mi realidad.

Estaba más perdida que nunca. Estudié publicidad, pero me frustré con la profesión después de trabajar cinco años detrás del mismo escritorio donde discutíamos a diario sobre el aire acondicionado.



La presión para alcanzar las metas de ventas era enorme y todos los días trabajaba horas extra esperando a las modificaciones de última hora de los anuncios, o discutiendo con las montadoras de stands soble el plazo y precio del proyecto. Todo giraba en torno al dinero y mientras ellos se volvían más ricos, yo más loca.

Viernes, 9 de la noche y yo seguía esperando a que la agencia enviara el diseño de las tarjetas de navidad, miré hacia todos lados y no vi a nadie. Sobre mi mesa, una torre de papeles - proyectos y material para revisar, la bandeja de entrada llena, suena el teléfono y la agencia dice que lo van a posponer.

Ya había perdido el vuelo para Río de Janeiro, donde vivía mi novio. Yo, paulista, viajaba casi todos los fines de semana para quedar con él. Colgué el teléfono, miré la pantalla del ordenador y me pregunté:

¿Qué estoy haciendo con mi vida?

Empecé a llorar y las lágrimas no dejaron de brotar hasta que el Diazepam que me habían dado en el hospital hizo efecto.

Todo estaba aparentemente bien. Era nueva, había acabado mis estudios, tenía un buen empleo, estaba enamorada de mi novio a pesar de todos los problemas que teníamos, viajaba, frecuentaba fiestas maravillosas con gente estupenda pero me faltaba algo. Y fue al perder mi vuelo cuando comencé a valorar mi tiempo. Una especie de pánico llamó a mi puerta, cogió una silla, se sentó y se quedó y yo ya no salía de casa.

La chica fiestera y alocada que bailaba hasta el amanecer se convirtió en una mujer llorona y miedosa.



Después de muchas tardes tumbada en el diván de la terapeuta, pedí la dimisión, puse fin a mi relación, compré un curso de inglés y billetes de avión para Cork en Irlanda.

Estaba asustada.

No tenía ni idea de lo que estaba haciendo, pero algo me decía que estaba en el camino correcto.

Aprendí inglés y a andar por el sendero más difícil sin pedir información, me metí en muchos problemas, hice muchos amigos, conocí lugares increíbles, lloré, sentí miedo y aprendí a ser valiente, saqué el espejo de mi habitación - y decidí ya no verme en el espejo - me teñí el pelo de azul, me mudé muchas veces, conocí historias muy locas y personas que lo estaban aún más.

Me topé de frente con una mujer independiente, que encontraba la felicidad al correr bajo la lluvia de madrugada, bebía cerveza sola los martes cuando no tenía compañía, se ponía calcetines rojos con zapatillas verdes y usaba máscara de pestañas transparente para poder dormir maquillada cuando tenía que levantarse temprano para limpiar los escaparates de una tienda.

El tiempo transcurría y quería aprovechar cada minuto, estaba viviendo.

Tras dos años con ese ritmo de vida fácil y agradable, me di cuenta de que a pesar de toda la diversión y crecimiento, me seguía faltando algo..

Tomé la decisión de volver a Brasil. Cuando llegué a territorio brasileño, todos mis amigos me preguntaban: ¿qué vas a hacer ahora con tu vida?

Esta era la pregunta que quería evitar, pero la desesperación pudo conmigo al ver que me faltaba una respuesta que sabía que no tendría.

Comencé a instalar aplicaciones de viaje en mi móvil, inconscientemente creía que lo que necesitaba era viajar de nuevo. ¡Apareció una notificación en la pantalla del móvil y el logotipo con un fondo azul, un mundo y dos personas caminando sobre él, estaba instalado!

Yo ya tenía un perfil en Worldpackers y había aplicado para hacer voluntariado en un hostal en Bélgica. Abrí la aplicación y comencé a seleccionar lo que quería: una experiencia única, sostenible, en contacto con la naturaleza, que ofreciera tres comidas - en ese momento estaba sin dinero.

Y entonces apareció la primera oportunidad: Rosemary Dream.



La descripción del lugar era increíble y se complementaba con las fotos de colores vibrantes y los testimonios de personas sonrientes diciendo que aprendieron a hacer magia. Un centro de empoderamiento personal que motiva a las personas a seguir sus sueños y a ser la mejor y más auténtica versión de sí mismas.

¡Genial! ¡Esto es lo que quiero!

Apliqué a la posición de recepcionista y limpieza y a los pocos días recibí la respuesta de que había una vacante en el departamento de marketing.

¿Una broma del destino? Acababa de decidir que no quería trabajar creando en las personas el deseo de tener algo que no necesitan y la única posición disponible en ese lugar era precisamente en esta área.

Tenía tantas ganas de vivir esta experiencia que decidí arriesgarme a trabajar nuevamente en marketing. Al fin y al cabo estaría ayudando a promover algo que podría crear un impacto positivo en el mundo.

Después de un largo proceso de entrevistas, ¡fui escogida!

Mochila al hombro, abrazo a los padres y allá que voy una vez más a bucear en lo desconocido y de repente, aquel típico miedo de cuando haces algo por primera vez: ¿cómo será? ¿causaré buena impresión? Frente a mí había dos niños de unos cinco años diciendo que iban a lanzarse al mar aunque el agua estuviera fría. Entonces es así, pensé, no hay nada seguro, pero tenemos que arriesgarnos a descubrir lo que existe.

Me dieron la bienvenida dos lindas personas que corrían, daban saltos y me mostraban el lugar. Me contagiaron su entusiasmo y fui incapaz de quitarme la sonrisa del rostro.

A los pocos días fui entendiendo lo que era vivir en comunidad: llevar un cubo de agua fría en la cara y dejarlo en la ventana del cuarto de baño cuando alguien se está dando una ducha caliente y que te agradezcan por ello, desayunar todos juntos y comerte la fruta que a alguien no le gusta tanto, escuchar los proyectos y animar a los otros a seguir sus sueños, decir “estamos contigo” cuando exteriorizas tus debilidades y miedos, es ser humano.



Todas las semanas habían encuentros con las personas que vivían allí. Hablábamos sobre nuestra semana, de las cosas por las que estábamos agradecidos y sobre las que queríamos mejorar.

Una inspiración inmensa, muchas vivencias, cenas, cocinábamos juntos, lavábamos la ropa los unos de los otros y aprendíamos algo nuevo todos los días.

Al principio pensaba que estaba ahí para trabajar en marketing, pero comencé a sentir que estaba ahí para escuchar a mis amigos y ser escuchada, para ayudar y echar una mano, aprendí el arte de dar, dar amor en abundancia y hacerlo siendo yo misma. Todos confiaban en mí cuando no era capaz de hacerlo y me dieron la oportunidad de aprender y crecer.

Comencé a entender el significado de ser la mejor y más auténtica versión de uno mismo. Te aceptas sin miedo, sin ser juzgada, simplemente siendo más auténtica y tomando decisiones basándote en el amor.

Comencé a comer saludable, incluí en mi dieta algunos superalimentos que tienen impacto en el cuerpo y en la mente, empecé a hacer ejercicio, meditación y actividades en la naturaleza que me pusieron en contacto conmigo misma.

Me di cuenta de que es más importante viajar con un propósito que irte de viaje sin más. Decidí volver a São Paulo para seguir con mis proyectos personales. Me junté con todos mis amigos y me preguntaron de nuevo: “¿qué vas a hacer ahora con tu vida?” Y respondí: “¡voy a hacerla mágica!” Todos se rieron.

IMAGEN 6

Salir de la zona de confort, viajar a otra ciudad, estado o país nos ayuda a afrontar las situaciones desde perspectivas diferentes y surgen nuevas posibilidades.

A día de hoy, tengo 27 años y sigo sosteniendo vasos en una mano y un bolígrafo Bic azul en la otra, con la seguridad de estar viviendo y recorriendo el camino que yo he escogido.

Todos los acontecimientos me han hecho la mujer que soy ahora, aquella en la que estaba predestinada a convertirme desde que nací.

Si no hubiese estudiado publicidad ni me hubiera mudado a Irlanda, no habría conocido el Rosemary Dream, la comunidad internacional que buscaba a alguien con fluidez en inglés para trabajar en marketing y esa ha sido la experiencia que me ha hecho entender mi verdadera misión en la vida y que solo soñamos lo que podemos realizar.

La verdad es que la vida en sí misma es un viaje, siempre pensamos que nuestra misión es trabajar en un área determinada, hacer esto o aquello, cuando lo que realmente importa es la cantidad de corazones que tocamos.

Se necesita una dosis de coraje para perseguir nuestros sueños, pero te digo que ¡Vale la pena!



0061419f0feacf5dd2c5f930660dbac6

Carolina

Nomadic traveler, love worker! Sharing my experiences to inspire people to live the life they lo...

+ Ver mas

Sep 10, 2018


¿Te gusta? No te olvides de dejar Carolina saber :-)


Deja tu comentario aquí

Escriba aquí sus preguntas y saludos al autor