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Cuando llamé a mi madre para contarle que estaba en Río de Janeiro, me bombardeó a preguntas: “¿Cuándo has llegado?, ¿has dormido bien?, ¿dónde te estás quedando? ¿cuándo vuelves?, ¿has probado las frutas tropicales?… Por cierto, dicen que hay muchos monos en Brasil, ¿has visto alguno?”. Me encantó la última, muy espontánea, como ella y como este viaje.

¡Estaba muy feliz!

Había dormido seis horas, pero me sentía como nuevo y era un día magnífico. El sol brillaba en todo su esplendor y tenía la sensación de percibir todos los estímulos de forma muy intensa, como el verde de los árboles que daban sombra en la terraza, el fuerte aroma del café molido, el amarillo chillón de las paredes de la cocina o el sabor dulzón de la papaya que me estaba comiendo.

Si estás pensando en viajar solo, no te pierdas los desayunos en los hostales, es uno de esos momentos idóneos para socializar y encontrar compañeros de viaje.

No es difícil coincidir con otros worldpackers, porque la comunidad crece a diario, al igual que la de mujeres viajeras.

Bueno, a lo que iba, esa mañana conocí a Johannes y Marcus, dos amigos alemanes de 19 años que estaban viajando por América del Sur en busca de las mejores olas para surfear y paisajes salvajes para fotografiar. A la conversación se unió Laura, una voluntaria colombiana, Matheus, un estudiante paulista de 24 años que vivía ahí y algunos viajeros más.

Quedamos en ir juntos a Copacabana y tardamos más tiempo en elegir un lugar para montar el chiringuito que en llegar a la playa, a solo 12 minutos de Botafogo.

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Al volver de la playa, Matheus y sus amigos nos invitaron a Pedra do Sal, en ese momento no sabía lo que era, ni dónde estaba pero dije que sí sin pensarlo y no me arrepiento.

Se convirtió en mi fiesta favorita de los martes, es la noche carioca en todo su esplendor: una calle abarrotada de gente bailando al ritmo de un género que no había escuchado en la vida, tan pegadizo que te invade el cuerpo y no consigues sacártelo de la cabeza.

Había muchos pequeños locales de baile y bares, uno al lado de otro, también puestos de comida callejera en los que vendían desde perritos calientes hasta sabrosas sopas, caipirinhas de todos los sabores y cervejas geladas.

Cuando sonaba Baile de Favela, Malandramente o Deu Onda, era un espectáculo, ¡todos cantando al unísono y se sabían hasta las coreografías!

Había otra festa na rua, cerca de Praça Tiradentes, no muy lejos de donde estábamos.

Nos llevaron unos locales que nos habían estado enseñando los pasos básicos del funky. Supimos que habíamos llegado cuando nos encontramos en medio de un carnaval: samba en directo y cuerpos danzando extasiados, completamente entregados a la música. Vimos amanecer en el uber y dentro de 7 horas empezaría oficialmente mi vida worldpacker.

“Nadie nace sabiendo”

Llevaba un rato callejeando por el barrio, sin rumbo fijo y aparecí en la ensenada de Botafogo. Encontré un bareto con vistas al Pão de Açúcar y me tomé una cerveza tranquilamente antes de regresar al hostal.

Intenté recordar el camino y di muchas vueltas innecesarias porque la ruta más rápida era practicamente en línea recta. En cinco minutos había dejado atrás los bloques de apartamentos para adentrarme en la zona de las casonas adosadas.

Las calles eran más anchas al igual que las adoquinadas aceras y había muchos árboles. El único detalle que diferenciaba mi hostal del resto de casas era el número de la entrada, el 394 hecho con trozos de azulejos rojos sobre un fondo azul y verde. El exterior era sobrio: la fachada amarilla con dos ventanales de madera de color morado, pequeñas palmeras en la entrada, dos robustos bancos y una parrilla.

No tenía experiencia en recepción, pero estaba dispuesto a ser el mejor recepcionista de Río.

Mary, una voluntaria estadounidense de 27 años, fue la encargada de explicarme todo lo necesario para desempeñar el trabajo de recepcionista y promotor de fiestas: check-in, check-out, cobrar en efectivo y con tarjeta de crédito, coger el teléfono (ninguno de los voluntarios hablaba portugués y temían las llamadas de los brasileños, yo tampoco sabía pero aprendí con el tiempo), actualizar el sistema de reservas y el de la mercancías porque se vendían bebidas, helados y se alquilaban tablas de surf, también me indicó en un mapa los lugares por los que la gente solía preguntar y me enseñó a arquear la caja.

¡Había que hacer de todo!

El turno era de 15h a 22h y además de todo lo anterior, tenía que poner música para ambientar el lugar, atender a los relaciones públicas de las discotecas y salir con los huéspedes de fiesta...Había olvidado la mitad de cosas por hacer, pero tuve la suerte de contar con la ayuda de los demás worldpackers, estuvieron cerca en todo momento para echarme una mano.

Me di cuenta que las tardes eran demasiado tranquilas para mi gusto, el hostal se quedaba prácticamente vacío hasta por la noche, cuando volvía la gente de la playa o de visitar la ciudad. Me senté en el marco del ventanal a merendar, cuando de repente escuché un ruido proveniente de la copa de un árbol y vi a tres monitos saltar de las ramas de un almendro a los cables de electricidad...

Cachaça de desayuno

La percepción del tiempo en Río es muy diferente a la del resto de ciudades costeras en las que había estado.

Había accedido a la propuesta de mi anfitrión de hacer los turnos de mañana de lunes a miércoles, era ideal porque en esas tres tardes podía hacer muchas cosas y además tenía cuatro días libres seguidos.

Era un quid pro quo: esos días había más movimiento y él necesitaba a alguien que supiera varios idiomas, también tenía barra libre y entrada gratuita a todas las discotecas y fiestas de Río, sabía que me gustaba salir y de esta forma podía llevarme a los viajeros de fiesta.

Otra de la ventajas es que podíamos cambiar los turnos siempre y cuando le avisáramos con antelación.

El anfitrión era un hombre de negocios en todo el sentido de la expresión. Había empezado de cero y se dedicaba en cuerpo y alma al hostal y a sus huéspedes, tanto así que solía salir de fiesta con nosotros y en ocasiones organizaba excursiones gratuitas o hacía barbacoa y feijoada para todos.

No descansaba nunca y a la larga, le ha pasado factura...La segunda semana me preguntó si podía quedarme un mes más y acepté de buen grado, actualizamos el acuerdo a través de Worldpackers ¡y listo!

No tenía ninguna queja: estaba enamorado de la ciudad y me quedaban cosas por descubrir, había aprendido a hacer el trabajo y me encantaba ayudar a los viajeros, los worldpackers se habían convertido en mi segunda familia en tan poco tiempo y en un par de días se unirían a la plantilla dos franceses, una brasileña, un australiano y un polaco…¡y por nada del mundo iba a perderme el Año Nuevo en Copacabana!

Salimos a celebrarlo a Lapa, un barrio en el centro de Río. El viernes es el gran día, todo el mundo está ahí.

Es como las fiestas en la calle de las que te he hablado antes pero a lo bestia: agrupaciones de batucadas tocando bajo los Arcos da Lapa, puestos de comida y caipirinhas baratísimas de cualquier fruta que te puedas imaginar (si vas, te recomiendo probar la de maracuyá), bares de todo tipo y discotecas de hasta cuatro plantas en las que no puede faltar el funky, la electrónica, el reggaeton y la samba.

Esa noche éramos unos cuantos: Johannes, Marcus, Djuna y Simon de Holanda, Verity y Charlie de Inglaterra, León, un voluntario de Alemania…y nos juntamos con más, entre ellos, mis amigos cariocas y sus amigos.

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No recuerdo exactamente la hora, pero ya era de día cuando aparecimos por el hostal y el anfitrión nos estaba esperando con una botella de cachaça en la mano. Uno a uno nos iba cogiendo la cabeza con la derecha y nos escanciaba ese tipo de ron blanco en la boca como si de sidra en copa se tratase, nos daba una sacudida, decía “¡bebe!” y pasaba al siguiente. Sobra decir que ha sido el desayuno más asqueroso de mi vida, que me quedé dormido en cuestión de segundos y que al despertarme me fui a ver el atardecer a la Mureta da Urca.

¿Te atreves a viajar solo?

Hoy he leído por primera vez la parte de Río en mi diario de viajes, exactamente un año después de haber vuelto a España. Me he emocionado, sobre todo al leer dos frases: “se han convertido en una parte más de mí” y “... con diferencia, lo más hermoso que he contemplado en mi vida”.

No hay mucho escrito y llegados a este punto sabrás que no paraba quieto: playa, trilha, montaña, barbacoas, botequinhos, puestas de sol, conciertos de jazz o bossa nova, noches de funky na rua, fiestas en barco, Mem de Sá…

Llegué a la ciudad con la idea de relajarme y de tener tiempo para mí, lo necesitaba después de estar cinco meses en la frenética Buenos Aires y aunque no lo parezca, lo conseguí a pesar de todo el ajetreo.

Lo que me fascina de viajar solo es que tú eliges el lugar, el momento y tu compañía durante el viaje.

No sé tú, pero yo siempre he echado de menos la conexión con la naturaleza en mi vida, siento que forma parte de mí y no hace falta que la busque, me atrae hasta que me atrapa.

Considero que el poder compartir ese vínculo con personas de todo el mundo que se cruzan en tu camino es algo muy especial, porque aunque no lo creas, puedes llegar a tener más cosas en común con algunos viajeros y locales que con tus amigos de toda la vida.

Con el tiempo descubrí lugares fantásticos en Río, algunos alejados del bullicio, otros solo frecuentados por cariocas y pequeños paraisos escondidos, mis favoritos…Es lo que tiene perderse: te encuentras a ti mismo en entornos maravillosos y descubres nuevas facetas o aficiones y anhelos ocultos que siempre han estado ahí, esperando a salir a la superficie.

Entonces, ¿te atreves a viajar solo?

Y mi aventura en Río no acaba aquí, prepárate para: ¡Navidad a 45 grados! y ¡Año nuevo, hostal nuevo!

Emerson Mendoza Ayala



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Emerson

Journalist & Audiovisual Artist. Globetrotter & Travel Writer. Slow Traveler & Digital Nomad...

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Mar 01, 2018


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