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Cuando la agente del control migratorio de Foz de Iguazú selló mi pasaporte, supe que era real: dos días antes había comprado el billete de autobús y ahora estaba a mitad de camino, con destino a la Ciudad Maravillosa.

Mi Erasmus en Buenos Aires había llegado a su fin y no sabía qué hacer con mi vida. Esa sensación lleva años persiguiéndome y aunque muchos intentan ahuyentarla, yo la he interiorizado, porque al fin y al cabo, es la que me empuja a hacer cosas. 

Para mí era el momento indicado, me apetecía demasiado viajar por América del Sur y ya que estaba ahí, no iba a dejar pasar la oportunidad como hicieron muchos de mis amigos. Si de algo estoy seguro es que nunca estarás más preparado para vivir que ahora mismo.

Algunos de mis amigos se fueron a la Patagonia o a Chile, otros a la ruta de Salta o a Bolivia, pero la mayoría volvió a casa por navidad, al frío invierno europeo. Lo tenían todo tan organizado y pretendían hacer tantas cosas en tan poco tiempo que solo de pensarlo, me agobiaba. Me invitaron a hacer varios road trips: a Puerto Madryn, el de Santiago pasando por Córdoba y Mendoza o el del fin del mundo hasta Ushuaia, por mencionar algunos, pero no me gustan las prisas y me encanta viajar solo.

No tenía claro el destino, ni las fechas del viaje y tampoco había comprado el billete de vuelta a España. ¡Soy así, qué le vamos a hacer! 

En ese momento lo más importante para mí era descubrir en profundidad una parte del mundo en la que nunca había estado y a la que probablemente no volvería hasta dentro de unos años y disfrutar de la experiencia como un residente, aprendiendo de los locales.

Las mil y una fiestas de despedida en una semana

Desde que acabaron las clases, no había día en el que no hubiera una fiesta de despedida. 

Yo vivía en Palermo Hollywood y mi casa tenía una terraza increíble, de hecho, hacíamos casi todos los botellones o previas ahí. 

Para no perder la costumbre, organicé algunas fiestas para mis amigos y me invitaron a otras, hubo días en los que coincidieron hasta tres... Fui a todas. 

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No me gustan nada las despedidas y no termino de entender que celebremos que alguien se vaya, pero no deja de ser una fiesta y sí que es verdad que son momentos únicos e irrepetibles porque nunca volverás a estar con esas personas en las mismas circunstancias: jóvenes, libres, deambulando por el mundo y con toda la vida por delante.

Me di cuenta de que todos se estaban yendo y que me estaba quedando solo en Buenos Aires. Cuando Félix, mi mejor amigo y compañero de piso, me dijo que ya sabía cuándo se iba y que organizáramos nuestra fiesta de despedida y su cumpleaños en casa, me esperaba un “¿y tú ya sabes cuándo te vas?”, pero no, lo que salió de su boca con acento francés argentinizado y acompañado de una bocanada de humo, fue: “¿y tú ya sabes qué vas a hacer con tu vida, tío?”. 

Me pilló desprevenido, no sabía si reír o llorar, pero recuerdo exactamente lo que le dije: “ya sabes la respuesta a esa pregunta. ¿Entonces, el sábado por la noche en la terraza, no?”. 

Me desperté al día siguiente con una sonrisa que no me cabía en el rostro, había tenido una revelación en sueños producto del cansancio acumulado, la cantidad de alcohol en la sangre y de la música del boliche al que habíamos ido esa noche: Brasil. 

Quería irme de mochilero y empezar mi aventura en Río de Janeiro. Me vi a mí mismo tumbado sobre la arena de la playa tomando el sol con una caipirinha en la mano y escuchando bossa nova con el sonido de las olas de fondo. Ya lo había decidido.

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Me había gastado casi todo el dinero en cerveza artesanal, choripanes y en algunos viajes que hice durante el curso, así que descarté la idea de irme en avión, el vuelo más barato costaba 600 euros y los precios de los hostales estaban por los cielos porque acababa de empezar la temporada alta.

Fue entonces cuando recordé que alguien me había hablado de una plataforma que ofrecía la opción de trabajar unas horas a la semana a cambio de alojamiento y comida.

Sabía que lo tenía apuntado en mi diario de viajes porque cuando alguien me recomienda algún libro o lugar, una película o algo que me parece interesante, le pido que me lo escriba y cuando tengo tiempo y ganas, sé que puedo recurrir a mi variopinta lista de sugerencias personalizadas. Hojeé mi moleskine y encontré lo que buscaba: Worldpackers.

Me creé un perfil y eché un vistazo a las posiciones disponibles en Río. Apliqué a unas cuantas y lo dejé estar, porque ya no dependía de mí.

Para mi sorpresa, recibí el primer mensaje de un anfitrión esa misma tarde y la oferta era muchísimo mejor de lo que esperaba: ¡Tres días a la semana, entrada gratuita y barra libre en las mejores discotecas y fiestas de la ciudad, desayuno incluído y a solo 10 minutos de Copacabana! 

Acordamos que a las dos semanas decidiría si me iba o me quedaba más tiempo en el hostal, pero tenía que estar ahí en dos días...¡y acepté!

Un infierno para llegar al paraíso

¡El día de la fiesta había llegado! 

Cocinamos, cenamos juntos y subimos a decorar la terraza con las guirnaldas de luces que decoraban mi habitación. 

Reímos, bailamos, bebimos y prometimos que haríamos todo lo posible porque nuestros caminos se cruzaran en cualquier parte del mundo. Amaneció y los de siempre, seguían ahí, mi familia porteña. Lo que nadie sabía es que ya había comprado el billete de autobús y que me iba a Río ese mismo día a las 20h30. 

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Unos amigos me convencieron para ir de after a las 8 de la mañana. Cuando miré la hora en el móvil...¡eran las 17h! Regresé a casa en uber, me duché rápido, metí todo a la maleta como pude, limpié un poco la habitación y a las 18h estaba comiéndome un choripán vegetariano y bebiendo cerveza en Cachito con Félix y Sissal, mi amiga de las Islas Feroe -sí, es un país y efectivamente, casi nadie sabe dónde está, por lo cual, ella se ha visto obligada a llevar siempre encima una tarjetita en la que aparece la situación exacta del archipiélago, perdido el océano entre Islandia, Reino Unido y Noruega.

Estaba exhausto y lo único que quería era beber agua y dormir durante una semana, pero mis mejores amigos insistieron en pasar un rato en la terraza por última vez y tenían una botella de champagne. 

No me dejaron irme de casa hasta que nos la acabamos. Sissal vivía en Recoleta, así que cogimos un taxi hasta el subte de Palermo. Había mucho tráfico, así que nos bajamos una cuadra antes y corrimos hacia la estación. 

Entramos, subimos las escaleras hasta la entrada del andén y por suerte, el tren estaba ahí, pero al pasar la tarjeta por el lector: ¡saldo insuficiente! En cinco minutos bajamos, recargamos las tarjetas y volvimos a intentarlo, pero el tren se había ido y tuvimos que esperar 10 minutos al siguiente.

Cuando llegamos a Retiro, corrimos entre la multitud con las maletas hasta la estación de ómnibus, la más grande de Argentina. 

La gente nos miraba como si estuvieramos locos, pero eso era lo de menos porque aún faltaba lo peor: ¡había una rampa de tres o cuatro niveles, muchas escaleras y encima los autobuses internacionales se ubicaban en las últimas dársenas! A contrarreloj, como siempre, ¡pero lo logramos! 

Nos dijimos tantas cosas con un abrazo...y quedamos en vernos en un mes, en Asunción, Formosa o Iguazú. Si recuerdas el titular, sabrás que en efecto, no nos vimos ni nos hemos vuelto a ver, pero seguimos en contacto.

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No sé vosotros, pero yo no soy capaz de pegar ojo cuando viajo en autobús y como recordaréis, no había dormido absolutamente nada en días. ¡Ni siquiera sabía cuántas horas se tardaba en llegar a Río por carretera! 

Pregunté al conductor, un porteño de unos 45 años y me miró fijamente antes de responder: “mirá chabón, son unas 32 horas pero fijate, igual en la frontera se tarda un poco más y el tránsito de Sao Paulo es peor que el de capital...calculá unas 34 o 35…”. Mi mente escuchó “24 o 25” y me dije: “bueno, como cuando fuiste desde Sevilla a París en autobús...¡y vas al paraíso, lo pone en el cristal del ómnibus!”.

¡Qué calvario! Me pasé 38 horas sentado, intentando dormir y muerto de frío. Me dio tiempo a leer El viajero solitario y a releer Los vagabundos del Dharma de Kerouac, a poner al día el diario de viajes, a escuchar dos veces la lista de reproducción del móvil y hasta a hacer amigos en el autobús. 

A pesar de todo, estaba muy feliz y si tuviera la oportunidad de cambiar el pasado, lo dejaría tal cual (bueno, sabiendo que me pasaría 3 días más sin dormir, a lo mejor sí que me compraría una botella de whisky o fernet). Sin ser consciente de ello, estaba de camino a vivir como nunca antes había podido imaginar que lo haría. Había descubierto una nueva forma de viajar.

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En el siguiente artículo te contaré mi experiencia durantes los primeros días como worldpacker y porqué tomé la decisión de quedarme más tiempo en la misma ciudad y en el mismo hostal. 

Te doy una pista: ¡la noche carioca!


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Emerson

Journalist & Audiovisual Artist. Globetrotter & Travel Writer. Slow Traveler & Digital Nomad...

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Oct 11, 2018


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